Un Murciélago Me Contó Que...

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viernes, 16 de septiembre de 2011

La Edad Media (Parte I)

Ésta discurre entre 476 y 1453 (aunque hay quienes prefieren marcar su fin hasta 1492, con la llegada de los europeos a América). Entrar en ese terreno implica tener siempre en cuanta un hecho: la omnipresencia de claves religiosas démico o de raíz popular. San Agustín y San Isidoro, dos de los pilares del pensamiento medieval, nos hablaron de un paralelismo entre los siete días de la creación, las siete edades de la Historia en general, y los siete momentos de la vida del hombre en particular: infancia, puericia, adolescencia, juventud, madurez, vejez y senilidad.

Las numerosas enfermadades contagiosas,
como la viruela, diezmaron a la población medieval. El arte hizo eco de estas situación y nacieron las danzas macabras remiten a un concepto cristiano según el cual la muerte iguala a todos los estamentos de la sociedad, por mucha diferencia que hubiera habido en vida. Todos han de morir y perder sus dignidades y sus placeres. Ese es el tema del grabado. Al son de uno de los esqueletos otros bailan con aspecto grotesco, sin carne sobre los huesos y unos puñados de pelo en el cráneo. Un tercero está descomponiéndose y juega con sus intestinos, enrollados en la mano. El músico provoca la resurrección de otro esqueleto de la tumba, devorado por los gusanos.

La escazes de comidad en el Medievo fue producto de una dram
ática concatenación de factores; algunos de ellos han pervivido hasta el presente. Serán la escasa productividad de la tierra, dada la pobre fertilización, o el elemental equipamiento afrícola apenas mejorado por avances como la expansión del arado de vertedera frente al clásico arado romano.

Serán las inclemencias climáticas marcadas por sequías, pedriscos, heladas o pluviosidad inclemente. También las plagas de insectos y roedores junto con las epizootias (epidemias de animales), difíciles todas ellas de combatir. Y habrá además facvtores estrictamente humanos: las guerras endémicas que asolan los campos o el pobre mantenimiento de una red distribuidora, afectada por la enoerme compartimentación del poder político. De las cíclicas hambrunas que padeció Occidente, una está especialmente documentada: la de 1317, que anticipaba la cadena de desgracias del ocaso de la Edad Media.

Hablar de guerra en el Medievo no es tanto hacerlo de enfret
amientos con un enemigo exterior al estilo de las Cruzadas, de la Reconquista española o de los grandes conflictos internacionales tipo Guerra de los Cien Años. Es referirse sobre todo al infernal ritmo de vida marcado por la anárquica violencia que imponen los miembros de una hostigosa clase feudal:

Los Bellatores: aquellos que hacían la guerra. Ellos creaban un reiterado sentimiento de inseguridad entre los más desfavorecidos.
Los Laboratores: los que trabajaban con sus manos (los desfavorecidos).
Los Oratores: eran hombres de Iglesia que rezaban, también afrectado por ese desorden institucionalizado y que intentaron ejercer su autoridad moral
desde el concilio de Charroux, Francia (989).
La Peste Negra

Una gran epidemia que desde 1348 a 1351 azotó a casi todo el continente europeo, se trató de una epidemia de Peste Bubónica.

Durante la Edad Media, las enfermedades se propagaban con mucha rapidez dado que no se contaba con los avances en el campo médico que tenemos en la sociedad actual. El ser humano sólamente podía confíar en su sistema inmunológico para defenderse del ataque de virus y bacterias. Lógicamente es esta época las epidemias se propagaban con mucha rapidez ya que además las medidas de higiene en las incipientes y hacinadas ciudades eran precarias y la alimentación solía ser bastante deficiente. La concentración de personas en ciudades pestilentes, la contaminación de los pozos, la falta de organización sanitaria, las calles pobladas de cerdos y ratas, la invasión de pulgas, fueron una suma de factores que contribuyó a extender los casos de tifus, disentería y gripe.

Para combatir esta epidemia aparecieron los llamados Médicos de la Peste, ataviados con un máscara con pico de ave, una máscara de gas primitiva, que contenía en su interior perfumes, a modo de filtro contra la fetidez que emanaba de los apestados.

Una creencia común de la época era que la plaga se extendía a través de las aves. Por eso se creía que vestirse con una mascara con pico de ave podría alejar la terrible enfermedad. La máscara incluía lentes de vidrio rojo, que hacían al doctor impermeable al mal.

El atuendo se completaba con un largo abrigo de cuero, guantes y sombrero de ala ancha. En la mano derecha un palo blanco con un reloj de arena alado, utilizado para mover o examinar al paciente y otras personas cercanas. El pico de la máscara era a menudo rellanado de especias y hierbas aromáticas para purificar o neutralizar las miasmas o "mal aire". Realizaba un doble propósito, disimular el olor cadavérico, parar los esputos y la posible ruptura de las pústulas bubónicas.

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